Apuntes sobre el discurso del macrismo

Leandro Paolicchi (Conicet – UNMdP)

Está claro a esta altura del gobierno que el discurso del macrismo tiene rasgos ideológicos marcados y que esos rasgos se ponen explícitamente en juego (Casullo, 14 de diciembre de 2016). A pesar de sus manifestaciones en favor de una gestión pragmática, concentrada en los problemas “de la gente” y sin un relato mitificador, el discurso del gobierno, no sólo no puede desprenderse de una dimensión ideológica considerable, sino que ésta se hace cada vez más evidente a medida que las instancias electorales se aproximan.  

Debe decirse que a cualquier actor político le es difícil desprenderse de una dimensión ideológica que acompaña todos sus actos y más si están asistidos por alguna forma de enunciación discursiva. De todas maneras, el macrismo ha hecho denodados esfuerzos por ocultar su matriz ideológica lo mayor posible. En el discurso de inauguración de las sesiones legislativas de este año, Macri ha sido bien claro: “Nuestro desafío más grande es sacar a millones de argentinos de la pobreza. Para hacerlo necesitamos más acuerdos y más realidades, menos exaltación y menos símbolos, menos relato y más verdad. Es decir, el macrismo continúa aún hoy tratando de mostrarse como una gestión desideologizada y enfocada en problemas concretos.  

En este marco se da una de las maniobras más concretas del arco ideológico del macrismo: hacer pasar por errores de implementación lo que parece constituir un programa más o menos claro de lineamientos políticos, identificables además por haber sido ya ensayado por los argentinos. Cuando el gobierno incurre en medidas que encuentran inmediata resistencia popular (aumento sideral de tarifas, cálculo regresivo del impuesto a las ganancias, recorte de prestaciones sociales) o quedan a la luz negocios no del todo claros para la opinión pública (deuda del Correo Argentino u otorgamiento de líneas aéreas que compiten con Aerolíneas Argentinas) los atribuye a errores de concreción y no a una matriz ideológica específica. Así puede decir Rogelio Frigerio:

Nunca dijimos que íbamos a ser infalibles, reconocimos que podíamos equivocarnos. Nos equivocamos y nos vamos a seguir equivocando. Lo peor que podemos hacer es seguir haciendo lo que se hacía antes que admitir un error era una muestra de debilidad y por eso redoblaban la apuesta. Vamos a rectificar las medidas como hicimos con la tarifa del gas. No nos arrepentimos de hacer modificaciones.

No hace falta mucho esfuerzo para notar que, si se ponen todas estas medidas en relación, obedecen más o menos a una misma lógica de ajuste fiscal, baja de los costos laborales y achicamiento del Estado en general. El foco en el “error” tapa el trasfondo político.

En este sentido, el discurso del macrismo apenas puede ocultar los rasgos bien marcados de un esquema, en algunos aspectos, neoliberal de la administración del Estado. Estos atributos, que están bien claros en las acciones concretas del ejecutivo – achicamiento del gasto del Estado, quita de retenciones a las agroexportadoras,  apertura de las importaciones como forma de bajar precios –  se cuelan irremediablemente en un discurso que más bien procura ocultarlos. El macrismo sabe que opera con un modelo conocido por el pueblo en algunas de sus características y por lo tanto percibe que debe manejarse discursivamente con cuidado. De todas maneras, la jerga tan cara a las corporaciones no para de salir – a veces incluso involuntariamente – de la boca del presidente y de sus funcionarios. En el cierre del Foro de Inversiones y Negocios, también llamado Mini Davos, Macri formuló estas preguntas (retóricas):

¿Es verdad que estamos en un momento en el cual ustedes sienten que hay muchos jóvenes que hay que inspirar y acompañar para que el estado acompañe y no sea un obstáculo? ¿Hay terreno fértil en Argentina que puede apostar al nuevo emprendedorismo? ¿Ahí vamos a tener respuesta a la necesidad de salir de la exclusión y la pobreza donde se encuentran tantos argentinos?

La demonización del Estado y todo lo relacionado con lo público (de la “grasa militante” de Prat Gay a la “caída en la escuela pública” de Macri), la épica del emprendedorismo, así como, producto de esto, el bluff de la meritocracia, terminan de conformar un esquema semántico político que, a pesar de los intentos del macrismo por disimularlo, brota de la boca de sus funcionarios y los habla.  

La más utilizada y recurrente de las estrategias discursivas no hace sino exponer cada vez más su trasfondo ideológico. Volver una y otra vez sobre la pesada herencia y el kirchnerismo es un recurso que se pone cada vez más en juego, pues la coyuntura electoral obliga a esto: en el discurso del 1 de marzo de este año en el Congreso, junto con una gran cantidad de alusiones a un futuro venturoso que nos espera, Macri dedicó una gran suma de su tiempo a hacer referencias al pasado reciente:

“Juntos estamos sentando las bases sobre las que un país crece: rutas, puertos, agua, cloacas, energía, puentes, aeropuertos. Eso que faltaba hacer y no se hacía, porque nadie se animaba al largo plazo, a cambiar las cosas en serio, a construir las bases para edificar el país que queremos. Era más fácil mirar el corto plazo, que puede ser atractivo pero se agota y deja a muchas personas peor que antes.”

La condena de la herencia no sólo aparece como tal sino, en ese mismo discurso, la identificación del populismo como el origen de todos nuestros males es bien clara: “La Argentina ya está creciendo y en base a políticas sólidas, sostenibles en el tiempo, sin atajos y sin mentiras. Basta de que nos regalen el presente para robarnos el futuro. Con la verdad.”

De todas maneras, este recurso, por las propias condiciones que impone el discurso que se pone en juego, es como la piel de zapa: se agota a medida que se lo va usando (Becerra, 27 de enero de 2017). El kirchnerismo se transforma, en el discurso del macrismo, en ese pasado que ya no puede evocarse ad infinitum sin causar malestar hasta en las propias filas. El discurso tecnocrático impone sus propias reglas, no puede estarse todo el tiempo remitiendo las responsabilidades a un pasado que debe quedar como tal. Los números tienen que empezar a aparecer.

El relato del macrismo se extiende de una manera omnipresente en la esfera pública, en los medios y en las redes sociales. En este sentido, ha hecho un uso intensivo y sistemático – mucho más que el kirchnerismo – de las posibilidades de las redes. Esta es una ventaja que surge de poseer una amplia gama de los medios hegemónicos a su favor. Cuando una gran parte del apoyo al programa político se realiza a través de los grupos mediáticos de los empresarios aliados, una gran porción de la inversión puede desplegarse en otros medios como las redes sociales. El macrismo ha destacado en este ámbito, muchas de las medidas han sido apoyadas – o las iniciativas de grupos opositores atacadas – desde las redes como si fuesen meramente iniciativas ciudadanas.  La ofensiva contra investigadores del Conicet, exponiendo y ridiculizando sus investigaciones, contra los maestros que promovían el paro o los empleados públicos que al inicio del gobierno fueron echados, fueron todas iniciativas más o menos articuladas con recursos del estado. He aquí otro artilugio ideológico del macrismo en tiempos de redes: poner en juego una especie de movimiento ciudadano espontáneo y desarticulado completamente simulado. El macrismo articula ideológicamente las redes como ningún gobierno anterior lo hizo y las utiliza contra sus opositores políticos.

A pesar de esto, tiene que destacarse otra característica saliente del discurso del macrismo y su articulación ideológica. Las usinas del pensamiento del gobierno son actores que no forman parte directamente del poder ejecutivo, sino que pertenecen al conjunto de actores que comparten sus intereses. Asesores, medios afines, analistas políticos y periodistas son los encargados de darle contorno a un discurso que luego es utilizado por el presidente y sus funcionarios. Las fuentes y la articulación ideológica no provienen del propio gobierno, sino de sus aliados comerciales. Como una gran metáfora de las capacidades oratorias del presidente, el macrismo es más hablado que hablante.  

En este discurso que el macrismo pone en escena existe un negativa clara a ubicarse en un linaje político histórico determinado. Luego de unos tímidos ensayos por mostrarse como herederos del desarrollismo de Frondizi, eso desapareció de las manifestaciones de sus funcionarios.  La tecnocracia neoliberal vive en un eterno presente y proyectada al futuro. Toda remisión al pasado histórico puede ser fuente de controversia (no hay figuras históricas impolutas) y en general los ideólogos del macrismo creen que las remisiones al pasado cansan al electorado. De esta manera, el relato político del macrismo nos priva de saber qué actores del pasado juegan todavía hoy en la política argentina.

El contraste con el kirchnerismo también aquí es deliberado. Mientras que durante el gobierno de Cristina Kirchner se buscó explícitamente conectar con una genealogía que reivindicaba determinadas figuras entre los padres de la patria – sobre todo aquellas denostadas por el canon mitrista – y a ello le agregaba la reivindicación de la inmigración, el primer gobierno de Perón y la militancia de los años ‘70s (Dagatti, 2015), el macrismo carece de este tipo de operaciones genealógicas. Queda para los sectores más obscuros dentro de las filas del gobierno el rescate de las experiencias del 55, del 76 o la denuncia de las experiencias nefastas (para ellos) del peronismo.

En el discurso del kirchnerismo también se podían identificar algunos depositarios privilegiados del relato. Con la reivindicación de la militancia de los 70s, también aparecía la juventud como la encargada de trasvasar generacionalmente los mandatos de aquella vieja experiencia a la política del presente. En el discurso del macrismo no es posible identificar ningún actor social destacado como referente de su relato. La apelación general a los “argentinos” apenas disimula que al proyecto del macrismo no le es imprescindible la movilización en la calle y puede confiar para su sostén en los principales grupos económicos que marcan el rumbo de la macroeconomía.  

Referencias

  • Bröckling, U. (2004). Unternehmer En Id. et al., Glossar der Gegenwart. Frankfurt am Main: Suhrkamp, pp. 271 – 276.
  • Casullo, M. E. (14 de diciembre de 2016). El macrismo también tiene su relato. El Estadista. Recuperado de  http://elestadista.com.ar/?p=11843
  • Dagatti, M. (2015). “Refundar la patria”. Los legados del primer kirchnerismo. En Narvaja de Arnoux, E. y Zaccari, V., Discurso y política en Sudamérica, Buenos Aires: Biblos, pp. 165 – 200.
  • Becerra, M. (27 de enero de 2017). El discurso oficial es monocultivo. Letra P. Recuperado de http://www.letrap.com.ar/nota/2017-1-27-el-discurso-oficial-es-monocultivo